Desde el último retiro, de momento, porque volveré al de junio, es como si el tiempo se hubiera suspendido. Me muevo aún más lentamente y cada acto, pequeño o grande, parece que se hace solo. Sin esfuerzo, sin cansancio, sin pensar en el siguiente. Sin embargo, no quiere decir que esté aletargado. Mis reflejos se han agudizado. El movimiento sale espontáneo para coger al aire un vaso al borde de la mesa que se cae o correr cien metros sin dudar para alcanzar un autobús a punto de partir. Resumiendo, si hago jardinería, friego los platos, tiendo la ropa o contesto correos, me asombro de que todo quede hecho y de que me sobre tiempo. Soy más eficiente, con menos esfuerzo.

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