Muchas de nuestras ideas y creencias sobre nosotros mismos y sobre el mundo están tan profundamente arraigadas que no nos damos cuenta de que son creencias y las tomamos, sin resquicio de duda alguna, como la verdad absoluta.

                                                                                                                                      Rupert Spira

De siempre, y, especialmente, en tiempos tan convulsos y de tanto sufrimiento como los que estamos viviendo en estos momentos, el anhelo de verdad es cada vez más acuciante. La verdad nos da sentido, dirección. Y no me refiero a la verdad personal y particular de cada uno, sino a una verdad mayor, a la verdad impersonal, aquella a la que refería Sócrates cuando afirmaba que no está en manos de los hombres. Aquella verdad que no es espejismo de creencias o fanatismos dogmáticos, ni proviene del conocimiento o de la lógica, ni es cúmulo de conceptos filosóficos o científicos, sino aquella que surge de la propia indagación y del reconocimiento directo. Aquella verdad que es contrastable en este momento, en todo momento. Aquella verdad que nos devuelve nuestra autoridad innata y transita un sentido más profundo que disuelve de raíz todo sufrimiento derivado del engaño de nuestro condicionamiento cultural, social, humano.    

Es esa verdad en torno a la que giran los retiros CLEARNESS que organizo y que es equivalente a la búsqueda de nuestra más profunda aspiración: felicidad, libertad, paz y plenitud, todo ello reflejo de la misma búsqueda, de la única búsqueda: la búsqueda del sí mismo.

Si comprendes la verdadera razón por la cual vas a uno de estos retiros Satsang (en sánscrito Satsang significa: En Presencia de la Verdad), detonarás una inmensa transformación en tu vida. Comprenderás que vas allí para despertar; para despertar del sueño de maya, para despertar del sueño de un yo personal. Vas allí para despertar del sueño de ser una persona tratando, vanamente, de desarrollarse y ser más consciente. Vas para encontrar la paz, la felicidad, la plenitud perenne. Vas allí para despertar a tu verdadera naturaleza. Vas allí para comprender que eres consciencia despertando del sueño de ser una persona. Vas allí para comprender que ya eres lo que buscas.

Lo que fué, lo que es y lo que será.

La verdad última no es de carácter transaccional, no es algo que podamos obtener o poseer, sino es el conocer mismo que despliega el infinito y eterno espacio en que deviene nuestra existencia. Nosotros somos, literalmente, la verdad. “Yo soy la verdad y el camino y la vida”, es decir, el TODO desplegándose en este momento. Nada sobra, nada falta, todo ES. Todo es absoluta perfección. Todo es este momento. Todo es eternidad. Ahora.

La verdad que somos es la que natural e intuitivamente podemos reconocer cuando la identificación del eje de nuestra existencia se desplaza del cuerpo y de la mente hacia la consciencia en la que todo conocer, incluidos el conocer del cuerpo y de la mente, acontece.

La verdad de fondo es esa pantalla en la que toda imagen queda reflejada. Es el TODO deviniendo completo en la aparente fracción manifiesta. Es el lienzo del artista que contiene la manifestación del TODO en cada trazo, en cada expresión creativa. De esta manera la imagen presta su existencia de la pantalla en la que deviene su existencia de la misma forma en que el trazo presta su existencia del lienzo en que se expresa.  

Y de esa misma manera, el mundo que percibimos presta su existencia de la consciencia que lo conoce: el mundo que percibimos presta su existencia de la Verdad que somos.

No es la materia que presta su existencia a la consciencia, sino es, radicalmente, lo opuesto: es la consciencia que presta su existencia a la materia que conoce.    

La gran ilusión

La mayor parte de nuestra vida vivimos inmersos, ignorantes, en una gran ilusión en la que el buscador de la felicidad destruye, en su persistente y ciego afán por alcanzarla, la posibilidad real de su encuentro. Destruye esa posibilidad porque la felicidad anhelada se concreta, precisamente, en la disolución del buscador, en la muerte del ego. El buscador es, en su disolución, lo buscado.

Cuando esta lúcida comprensión te atraviesa como un rayo, casual e involuntariamente, obviando los trillados circuitos de la mente racional, reconocemos nítidamente Lilah, el juego divino de la vida. Reconocemos a Dios o al Buda (= la TOTALIDAD) escondiéndose de sí mismo en la ilusoria apariencia (FRAGMENTADA) de un yo personal. En ese momento, el farsante queda expuesto, desenmascarado, y la luz de la verdad impersonal resuelve instantáneamente la ecuación que enquista nuestra vida.  

Es como si estuviéramos encerrados en un juego perpetuo en el que el insaciable buscador tratara de encontrar la salida del laberinto girando sobre su propio eje.  

Pero cuando, por gracia, descubres la verdad, entonces, de forma natural, las ilusiones quedan expuestas a la luz por lo que realmente son, y se disolverán en el acto. Así nos lo señalaba San Francisco de Asís con mucha precisión:  “Lo que estás buscando ya está desde donde lo estás buscando”.

La gran barrera

Debido a nuestro condicionamiento social y cultural y nuestra (occidental) devoción por la ciencia, la razón y los conocimientos teóricos, tratamos de hallar la verdad en la existencia fenoménica de los objetos. Y damos algunas vueltas en la vida, tratando de hallar la plenitud en el cambio impulsivo de pareja o de trabajo, sanando pasados y niños interiores, alineando chacras o tratando de conocer a Dios. Es todo ello reflejo de un infructuoso y equívoco afán de atrapar la eternidad.  

Las tres grandes búsquedas de la humanidad tal y como lo expresa Harari, la inmortalidad, la divinidad y la felicidad no pueden ser halladas en la persecución de objetos fenoménicos. Tratar de encontrar la felicidad donde no está, en lo transitorio, sólo traerá, con el tiempo, frustración, miseria y sufrimiento y es la receta inequívoca para estrellarnos en vida.    

La salida del laberinto

La verdad emerge naturalmente cuando remite la fascinación por los objetos y volvemos intuitivamente la comprensión hacia el sujeto último de todo conocer. No es la revelación por una mirada, porque el sujeto no puede ser conocido fenoménicamente, sino un reconocer como expresión íntima de la existencia del sí mismo.    

No obstante, requiere algún tipo de gracia para transitar este discernimiento teórico y vivirlo como una experiencia directa. Esta verdad no se descubre a modo en que lo hacemos con cualquier otro hallazgo. La verdad no puede ser descubierta sino tiene que ser des-cubierta, desvelada. Y es desvelada en la medida que reconocemos profundamente que ya somos (y siempre hemos sido y siempre seremos) la verdad que anhelamos encontrar. Por tanto, carece, absolutamente, de sentido buscar más allá de uno mismo. Y, si miramos con discernimiento y atención, comprendemos que no hay nada que exista fuera de uno mismo.      

Al comenzar a reconocer la felicidad, paz o la plenitud como la naturaleza inherente de uno mismo, todas las falsas ideas y creencias que conforman nuestra antigua visión del mundo colapsan bajo ese haz de luz. De esta manera nos podremos dar cuenta que siempre hemos sido la presencia inmutable e impersonal y por tanto no cabe posibilidad alguna de convertirnos (en algo o alguien diferente, mejorado) o quedar transformados por la verdad buscada.       

El buscador

Vivimos condicionados, creyendo ser una entidad separada del TODO que tiene que mejorar, cambiar o desarrollarse para alcanzar la felicidad.

La dificultad en la búsqueda de la verdad (o lo que es lo mismo, la búsqueda de nosotros mismos) aparece porque el punto de inicio no es cuestionado. El punto de inicio es el discernimiento claro de la verdadera identidad del buscador.

Confundimos el punto de vista del ego con nuestro ser verdadero, pero aquel tan sólo es una especie de reflejo ilusorio. Forrest Gump es, a toda vista, una contracción de la TOTALIDAD de Tom Hanks en un momento determinado. Tom Hanks nunca deja de ser Tom Hanks, ni Forrest Gump nunca deja de ser la TOTALIDAD Tom Hanks, tomando esa forma en ese momento.

la idea que tenemos de quienes somos no es la realidad de quienes somos ni de lo que es. El verdadero descubrimiento espiritual consiste en discernir y llegar a un reconocimiento vivo de que no somos exclusivamente nuestro condicionamiento egoico. Somos el fondo que conoce el condicionamiento egoico. De hecho, si fuéramos el condicionamiento, no seríamos capaces de observar el condicionamiento.

A medida que seguimos en esta línea de indagación e introspección, comenzamos a desarrollar una intuición y un reconocimiento muy natural, que no es un reconocimiento objetivo, y nos des-cubriremos, antes o después, más allá de la apariencia de toda forma. Nos des-cubriremos en nuestra identidad real: consciencia eterna e infinita tomado, en este momento, esta forma.  

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