De repente todo se vuelve tan simple que asusta. Hay más espacio. Pierdo necesidades y aflicciones, cambian las prioridades, se reduce el equipaje. Las opiniones de los demás sólo son las opiniones de los demás y las mías sólo son pensamientos que cruzan el vasto y eterno espacio de la consciencia y no requieren mi atención. Se disuelven incluso las fronteras del YO, aquel quien pienso que soy; se disuelven automáticamente mis heridas, mis rencores y mis lamentos desplegándose en mí un mundo en que caben todas las posibilidades. Abandono la certeza del FUTURO porque sé que no existe más que como ilusión proyectada. El PASADO cae como una mochila de piedra porque sé que realmente no existe ahora mismo, en este preciso momento. Los OTROS, al igual que yo, viven y reaccionan a sus incesantes proyecciones. Ya no hay certezas y todo mi mundo se va desplegando ante mí, instante a instante. Hay vértigo y hay vida. No hace falta nada porque siento que lo tengo todo. Bien y mal son tan sólo ilusiones ante las que reacciona mi juicio. Me relajo porque sé que no tengo que hacer nada si estoy mal. Ningún pensamiento, sentir o emoción que me atraviese sentencia quien soy. Y en medio de la tormenta más devastadora sé que si espero…, si dejo que pase Kairós, el gran señor del tiempo, todo volverá a ocupar su lugar. El lugar del BUDA, del TAO, de la VIDA. Ese lugar que es “simplemente” PRESENTE. Realidad. Vuelvo a ese centro que es pura felicidad. Vuelvo a la plenitud, al origen. Vuelvo a casa. Otra vez.

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